| |
Dando
sentido a la semiótica.
Roland Barthes, Umberto Eco y Jesús González Requena
A
mis alumnos y alumnas, por practicar la réplica.
(Universidad
Europea de Madrid, octubre 2001- enero 2004).
La
semiología y la semiótica
Para
conquistar conocimientos, es preciso participar en la práctica
que transforma la realidad. Para
conocer el gusto de una pera, es preciso transformarla comiéndola.
Mao
Tse-tung
En el contexto intelectual
de la postguerra (1950), Roland Barthes se inventó una “ciencia
de los signos” a la que llamó ‘la semiología’.
Con el objeto político de sacar a la luz el funcionamiento de
la ideología, esto es, las formas retóricas a través
de las cuales un sentido cultural se convierte en una realidad natural,
Barthes se comprometió a analizar cualquier discurso o cualquier
práctica social (mitos, rituales, códigos morales, literatura,
arquitectura, publicidad, moda, etc) como un lenguaje. En 1977,
en su Lección inaugural de la cátedra de semiología
lingüística del Còllege de France, Roland Barthes
dijo:
En
lo que me concierne, la semiología partió de un movimiento
propiamente pasional: creía yo (hacia 1954) que una ciencia de
los signos podía activar la crítica social, y que Sartre,
Brecht y Saussure podían reunirse en ese proyecto; se trataba
en suma de comprender (o de describir) cómo una sociedad produce
estereotipos, es decir, colmos de artificio que consume enseguida como
unos sentidos innatos, o sea, colmos de naturaleza. La semiología
(mi semiología al menos) nació de una intolerancia ante
esa mezcolanza de mala fe y de buena conciencia que caracteriza a la
moralidad general y que al atacarla Brecht llamó el Gran Uso.
La lengua trabajada por el poder: tal ha sido el objeto de esta
primera semiología.
Después
la semiología se desplazó, tomó otros colores,
pero conservó el mismo objeto, político – pues no
tiene otro. Este desplazamiento se cumplió debido a que la sociedad
intelectual cambió, así no fuere más que a través
de la ruptura de mayo de 1968.
La
semiótica, “una ciencia de la cultura y de las convenciones
sociales”,
que comparte con la semiología el umbral teórico de la
lingüística de Ferdinand de Saussure, se diferencia de esta
en que:
-
problematiza
“la relación entre lenguaje y cultura”, al poner
de relieve que no sólo el lenguaje sino “todas nuestras
operaciones figurativas están reguladas por la convención”.
Por eso la semiótica, como señala Julia Kristeva,
se ocupa específicamente de elaborar una teoría
de la representación.
-
extiende
el análisis a todos los sistemas de signos, incluyendo los
que no dependen necesariamente de la lingüística,
como es el caso de los mensajes visuales los cuales “no poseen
las propiedades de la cosa representada [no son analógicos]
sino que transcriben según un código [un sistema
de clasificación y conjunto de reglas convencionalizadas
que dan valor y significado a los elementos del mensaje] algunas
condiciones de la experiencia”.
Esta extensión del campo analítico se basa en la ‘doctrina
de los signos’ de Peirce, doctrina que incluye en el universo
de los signos “fenómenos que carecen de emisor”
pero que “son interpretados como signos por un receptor“
y que reconoce que “existen convenciones interpretativas (y
en consecuencia códigos) incluso en la manera en que intentamos
descifrar los fenómenos naturales [por ejemplo, la aceleración
del pulso], como si fueran signos [síntomas]
que comunican algo [fiebre]”.
-
tiene
como finalidad “reducir los actos naturales a fenómenos
culturales”.
-
entiende
que “todos los procesos culturales” son esencialmente
procesos de comunicación, es decir, procesos
en los que, sirviéndose de “códigos subyacentes”
de naturaleza convencional, “entran en juego agentes
humanos que se ponen en contacto sirviéndose de convenciones
sociales”.
Para “estudiar todos los fenómenos culturales
bajo el aspecto comunicativo”, la semiótica individualiza
la estructura de la comunicación:
-
un
emisor envía un mensaje a un destinatario.
-
el
código cultural del mensaje (lingüístico, icónico
[lenguaje de la imagen], cinésico [lenguaje de la acción,
de los gestos: Ray Birdwhistell], proxémico [lenguaje de
las distancias entre los que hablan: Bateson]) establece una correspondencia
entre un significante y un significado.
-
“el
significado se distingue del referente, del fenómeno real
al cual se refiere el signo”.
La semiótica libera la ‘denotación’ “de
su compromiso con el referente”
al llamar la atención sobre el hecho de que hay significados
que carecen de referente (“no se puede negar que la palabra
unicornio sea un signo [significante/significado], aunque el unicornio
no exista”)
y de que el significado de un término no se relaciona con
la cosa (el objeto) a la que el término se refiere sino con
“la codificación socializada de una experiencia perceptiva”
de la cosa.
El origen del análisis
semiológico y semiótico - el estudio del sentido de los
discursos y prácticas sociales – radica en el compromiso
político de los intelectuales. Mientras que el fin del análisis
semiológico es la subversión por parte de un sujeto o
sujeta del sentido ideológico dominante - por ejemplo, la “sociológica”,
puesta de manifiesto por el antropólogo Lévi-Strauss,
analiza las formas connotadas (tanto intratextual como extratextualmente)
en cualquier representación, discurso o práctica social
para “intentar sobre todo agrietar el sistema mismo del sentido,
salir del coto occidental”
- el fin de la producción de ‘conocimiento semiótico’
(“la actividad lúdica de descubrir significados a las cosas”)
es el desarrollo de ‘una praxis semiótica’ que, inventando
nuevos códigos, revolucione ‘las bases de nuestra
cultura’ ya que sólo así “la historia
como engaño cíclico se convierte en proyección
del futuro”:
La
semiótica no ha de ser considerada solamente como una teoría
de los signos sino también como una metodología de la
práctica de los signos.
Las premisas básicas
del método de análisis semiológico y semiótico
son:
-
la distinción
entre el referente (sobre lo que se habla: por ejemplo, una mujer
anoréxica) y el significado (lo que se dice sobre esa mujer
anoréxica) para luchar contra los “efectos de realidad”:
cuando el modo de enunciación naturaliza lo enunciado sobre
esa mujer anoréxica como si en vez de tratarse de un sentido,
entre otros posibles, se tratase de la verdad objetiva.
-
el/la analista “abandona
voluntariamente toda observación referente a la emisión
o recepción del mensaje, para colocarse en el nivel del mensaje
mismo”.
Ahora bien, el análisis del mensaje no consiste en el análisis
de las informaciones o de los contenidos que se transmiten en la
comunicación ya que “querer cambiar los contenidos
[como quiere la sociología] es demasiado poco”.
Lo que se analiza del mensaje es su forma: las “separaciones
cualitativas (entre unidades)”, los “sistemas estructurados
de signos, es decir, esencialmente sistemas de diferencias, oposiciones
y contrastes”.
Por
otro lado, colocarse en el nivel del mensaje mismo no quiere decir que
se esté abrazando una concepción ‘homogeneizante-pasiva’
del receptor. Para Roland Barthes los significados “dependen mucho
no del emisor del mensaje sino del receptor”, pues, en efecto,
el objeto significante “es polisémico, es decir, se ofrece
fácilmente a muchas lecturas de sentido”.
Para Umberto Eco “la multiplicidad de códigos y de subcódigos
que se entrecruzan en una cultura nos demuestran que incluso el mismo
mensaje se puede descodificar desde distintos puntos de vista y recurriendo
a diversos sistemas y convenciones”.
En su batalla particular contra la ‘ingeniería de la comunicación’,
Umberto Eco también señala que la semiótica “puede
enseñarnos que, en lugar de modificar los mensajes o de controlar
las fuentes de emisión, se puede alterar un proceso de comunicación
actuando sobre las circunstancias en que va a ser recibido el mensaje”:
“donde no sea posible alterar las modalidades de la emisión
o la forma de los mensajes, sigue siendo posible (como una ‘guerrilla’
semiótica ideal) cambiar las circunstancias a la luz de las cuales
los destinatarios han de seleccionar sus propios códigos de lectura”
de los mensajes.
Esta posibilidad fue desarrollada por las feministas cinematográficas
de los 70, cuya praxis política no consistió únicamente
en la producción teórica (producción de conocimiento
sobre el funcionamiento de la ideología del sexismo en el cine)
o fílmica sino también en la intervención contextual,
es decir, en la creación de contextos contra-ideológicos
de recepción cinematográfica.
-
el análisis genealógico
de los códigos que organizan, como mapas, el sentido ideológico
de los discursos y prácticas sociales.
El
análisis genealógico es el tipo de análisis filosófico
que propone Friedrich Nietzsche para el ‘período extramoral’
que arranca con él. El análisis genealógico se
ocupa de “la procedencia de nuestros prejuicios morales”
no sólo para “poner en entredicho el valor mismo de
esos valores”
sino también, y principalmente, para “determinar la
jerarquía de los valores”.
Entre
1963 y 1973, tanto los semiólogos como los semióticos
luchan contra la hegemonía de las ciencias sociales en el estudio
de los medios de comunicación de masas. La crítica semiológica-semiótica
a la sociología de las comunicaciones puede resumirse en cinco
puntos:
1.
en el análisis sociológico de ‘los contenidos’
de los mensajes nos encontramos con la falacia de que los significados
que introduce el investigador o la investigadora se presentan como elementos
“constituyentes objetivos del mensaje”
y no como elementos del sistema teórico-político de significación
que abraza el/la analista. Señala Roland Barthes que:
Reivindicar
agresivamente el ‘puro hecho’, reivindicar el triunfo del
referente es hacer sospechosa la significación, es mutilar lo
real de su suplemento simbólico, es un acto de censura contra
el significante que ‘desplaza’ el hecho, es rechazar la
‘otra escena’ la del inconsciente.
2. una representación
no es un “reflejo” de la realidad social, como defienden
las ciencias sociales, sino que es:
-
un sistema
formal significante que genera determinados significados socio-culturales
para el receptor con cierta independencia de la realidad,
ya que: (1) “la reproductibilidad de la realidad” está
tecnológicamente codificada y (2) la comunicación
(fílmica, publicitaria, arquitectónica, etc) sobre
la realidad no es expresión del referente sino
efecto del código [de “determinadas reglas de narración”
que no son ‘naturales’ sino que son “efectos de
una convencionalización”]
y de la gramática [montaje, aparato retórico]
que articula el sistema de relaciones formales de determinado
mensaje.
Por ejemplo, cuando el espot televisivo de cervezas Amstel (un
chico, al que ha dejado su novia, se reúne con sus
amigos en un bar para ahogar sus penas) presenta la excelencia de
esta cerveza (como señala Barthes el mensaje global de “todos
los mensajes publicitarios” es “la excelencia del producto
anunciado”),
lo hace contando otra cosa – mensaje denotativo – que
puede ser analizado ideológicamente. Por ejemplo, este espot
de Amstel puede ser considerado como acorde con la ideología
del sexismo porque en la trama que el espot pone en escena, el signo
“fría” funciona para:
-
condensar
los significantes ‘cerveza’ (“cuando se presenta
una cerveza [en un spot televisivo], no es esencialmente la cerveza
la que constituye el mensaje, sino el hecho de que está helada”)
y ‘chica’ (“fue tan fría”, dice el
protagonista del anuncio).
-
desplazar
el objeto del deseo (del sujeto masculino anunciado)
desde ‘la chica’ hasta ‘la cerveza’. Pues
al final del anuncio ‘el grupo de cervezas’ se presenta
como un producto excelente-insustituible por ‘el grupo de
chicas’ que bajan las escaleras del bar.
-
vender
como si fuera natural la represión de la sexualidad
del Otro sexo (‘la chica’) así como el desprecio
sexual-social hacia ‘la mujer’.
Toda
publicidad ‘dice’ su producto, pero ‘cuenta’
otra cosa (es su denotación); tal es la razón de que no
podamos sino colocarla en el mismo orden que esos grandes alimentos
de la nutrición psíquica (según la expresión
de R. Ruyer) que son para nosotros la literatura, el espectáculo,
el cinematógrafo, el deporte, la prensa, la moda: al tocar el
producto mediante el lenguaje publicitario, los hombres le asignan sentido
y transforman así su mero uso en experiencia del espíritu.
-
matriz
de la realidad social (que no es exterior al sujeto): el lenguaje
(el significante) precede al sujeto humano y lo constituye. Sólo
tenemos acceso a la realidad mediante el lenguaje ya que ‘la
realidad social’ se produce a través de discursos y
textos: “la realidad” no puede captarse directamente.
Esto no quiere decir que las cosas no existan Realmente por cuenta
propia.
-
matriz
de la subjetividad (que no es exterior a lo social): para Roland
Barthes, la subjetividad "no es más que la estela de
todos los códigos que me constituyen, de manera que mi subjetividad
tiene finalmente la misma generalidad de los estereotipos".
Dice Roland Barthes:
Para
la semiología (por lo menos así deseo que sea) no existe
una extraterritorialidad del sujeto, aunque se trate de un sabio,
respecto de su discurso. Dicho de otra manera, la ciencia, en última
instancia, no conoce ningún lugar de seguridad, y en esto debería
reconocerse como escritura.
3. presuponer que una película
o un producto mediático es un reflejo de lo social y no un producto
social que es producido por/produce sujetos, supone abrazar una concepción
despolitizada y, por tanto, reaccionaria del cine y/o de los medios,
ya que esta presuposición implica la creencia de que el cine
y/o los medios no pueden llegar a funcionar como herramientas para la
transformación social.
4.
analizar las películas o los productos de los medios como si
fueran el reflejo o la expresión de una realidad pre-existente
(por ejemplo, el cine de ciencia ficción como reflejo y/o expresión
de la guerra fría, el temor nuclear, el miedo a un ataque irracional),
supone concebir las películas como ficciones que están
fuera de la realidad social. Se elude así la cuestión
política y ética de reflexionar sobre la función
social del cine: por ejemplo, cómo intervino el cine en la definición
y el desarrollo de ‘la guerra fría’.
5. frente a la idea de un
emisor que controla absolutamente el significado del mensaje [violento,
sexista, racista] que logra imponer sobre ‘receptores inocentes
y pasivos’ y frente a la concepción estadística
del receptor que abraza la “sociología de la normalidad”,
la semiología barthesiana “reconoce a los hombres [y a
las mujeres] el poder ilimitado de hacer que las cosas signifiquen”,
pone en primer plano “de qué manera los hombres [y las
mujeres] dan sentido a las cosas”
y propone una ‘sociología de lo excepcional’:
Un
fenómeno no significa menos por ser raro, porque lo que significa
no es el objeto mismo, sino su relación con otros fenómenos,
antagónicos o correlativos.
En
los escritos filológicos anglosajones contemporáneos sobre
‘el cine español’, vendidos multinacionalmente bajo
la etiqueta de marketing ‘estudios culturales’, se
celebra el fin de la semiótica, esa poética misteriosamente
practicada todavía por ‘los teóricos del cine
españoles’ como Santos Zunzunegui o Jesús
González Requena,
a la vez que se retorna a los análisis despolitizados o reaccionarios
de corte sociológico. Por ejemplo, en su análisis ‘realista’
de Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), Stephen Roberts presenta
como si fuera obvio que la idea de ‘nación’ es un
elemento objetivo del filme. Bajo esta guisa nacionalista, este teórico
pseudo-marxista defiende, en total acuerdo con los periodistas de la
dictadura franquista que imponían la idea delirante de una pureza
cultural española, no sólo que Calle Mayor es una
película “de naturaleza esencialmente española”
sino que además “refleja el momento cultural e histórico
de su realización”.
Liquidando
la dimensión internacional que caracteriza históricamente
al medio cinematográfico, tanto en términos de creación
como en términos espectatoriales, Roberts busca en el texto fílmico
de un disidente de La Internacional ‘particularidades locales’
para vender, como si fuera de ‘sentido común-ista’,
que Calle Mayor (por haber sido producida-rodada durante la dictadura
del general Franco) no mantiene relaciones intertextuales con el neorrealismo
o el melodrama hollywoodiense, ¡esas “tradiciones cinematográficas
extranjeras”!, sino que encuentra “sus raíces y dirección”
en “un estilo cinematográfico específicamente Español”
que refleja la intención que tenía Juan Antonio
Bardem de “mostrar” [el hecho falso, es decir, contrario
a la realidad, de] que una “cómoda vida burguesa”
no era “nada más que una mentira”en el contexto español
de la década de 1950,
mientras que en la esencialmente democrática Gran Bretaña
la cómoda vida burguesa, como la democracia, era verdadera.
La
noción de signo
El
signo es una cosa que, además de la imagen asimilada por los
sentidos, hace venir por sí misma al pensamiento alguna otra
cosa
San
Agustín
El
signo no es la cosa significada y, por ello mismo, ocupa siempre el
lugar de su ausencia
Jesús
González Requena
“El signo se define
no por su relación analógica y en cierto sentido natural
con un contenido o significado sino, esencialmente, por su lugar en
el seno de un sistema de diferencias (de oposiciones en el plano paradigmático
y de asociaciones en el plano sintagmático)”.
Este concepto de signo se enmarca en la concepción binaria-dialéctica
del lenguaje desarrollada a principios del siglo XX por el lingüista
suizo Ferdinand de Saussure, quien sentó las bases de la lingüística
moderna a partir de una serie de conceptos:
I.
lengua/habla o discurso:
a)
la lengua es la materia de las señales que componen el
lenguaje, es “una institución social y un sistema de valores
[…] es la parte social del lenguaje […] es esencialmente
un contrato colectivo, al cual, si alguien quiere comunicarse, tiene
que someterse por completo” [el que habla se somete a los signos
y a las reglas de la lengua]. “Este producto social es autónomo,
a la manera de un juego, que tiene sus reglas propias” y “no
se puede dominar sino después de un aprendizaje”.
El carácter de sus formas y de sus funciones, de sus significantes
y no de significados (no de sus contenidos o temas) es inconsciente
tal y como señala Lévi-Strauss.
Teniendo
en cuenta que “el poder está presente en los más
finos mecanismos del intercambio social: no sólo en el Estado,
las clases, los grupos, sino también en las modas, las opiniones
corrientes, los espectáculos, los juegos, los deportes, las informaciones,
las relaciones familiares y privadas, y hasta en los accesos liberadores
que tratan de impugnarlo”, Roland Barthes señala la lengua
como “aquel objeto en el que se inscribe el poder desde toda la
eternidad humana” ya que “toda lengua es una clasificación”
y “toda clasificación es opresiva”:
La
lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria
ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste
en impedir decir, sino en obligar a decir.
b)
el habla es la realización individual del lenguaje, “es
esencialmente un acto individual de selección y actualización
[…] el sujeto hablante puede utilizar el código del lenguaje
para expresar su pensamiento personal”, para producir su discurso:
“la lengua no existe de una manera perfecta sino en la ‘masa
hablante’”. En este intercambio entre lengua y habla “se
sitúa la verdadera praxis lingüística, como
ha indicado Maurice Merlau-Ponty”.
“Pero
en la mayoría de los sistemas semiológicos [el automóvil,
la moda, el mobiliario] la lengua es elaborada no por ‘la masa
hablante’ sino por un grupo de decisión” por lo que
estas lenguas “no son enteramente libres (‘arbitrarias’).
Están sometidas a la determinación de la colectividad”:
“la innovación individual es así trascendida por
una determinación sociológica (de grupos restringidos)”
y constituyen sistemas “donde el ‘habla’ es pobre”.
En el lenguaje del automóvil, por ejemplo, “la ‘lengua’
está constituida por un conjunto de formas y detalles”
(los prototipos) y “el ‘habla’ está muy reducida,
porque, dentro de un mismo ‘rango’ (standing), la
libertad de elección de un modelo es extremadamente escasa: no
puede basarse más que en dos o tres modelos, y en el interior
de un modelo, en el color o el tapizado”.
II.
significante/significado: son las dos caras del signo
a)
un significante es la imagen acústica de la cosa, la forma, y
“constituye el plano de la expresión”.
b)
un significado es la idea, el concepto de la cosa, “la representación
psíquica de la cosa”, y constituye “el plano del
contenido”.
Saussure
teorizó sobre la relación entre el significante
(la forma) y el significado (el contenido): en vez de entender que el
significado es algo pre-existente en la realidad que “se expresa”
a través del significante, Saussure defiende que es el significante
(‘mujer’), en su relación de oposición con
otro significante (‘hombre’), el que crea el significado
(de ‘mujer’). El significante (‘mujer’), por
tanto, no expresa un significado ya existente en la realidad (no se
deriva naturalmente de la realidad) sino que el significante
‘mujer’ crea un significado por oposición a otro
significante (‘hombre’) en un contexto determinado (‘mujer’
no significa lo mismo en el discurso legal, que en el discurso médico,
etc). Como señala Roland Barthes, para Saussure “el significado
está de alguna manera detrás del significante y
no puede ser alcanzado sino a través de él”.
III.
sintagma/sistema o paradigma. Estos son los dos ejes o planos del lenguaje.
a)
un sintagma “es una combinación de signos que tiene como
base la extensión”, “es lineal e irreversible”,
“es la ‘cadena hablada’”. “Cada término
adquiere aquí su valor por su oposición a lo que le precede
y a lo que le sigue”.
“La
actividad analítica que se aplica al sintagma es la segmentación”
que permite “aislar en el texto sin fin las unidades significantes”.
La segmentación de unidades sintagmáticas “hace
intervenir la ‘forma’ del significado (su valor oposicional
en relación a otros significados)”.
b)
un sistema, para Saussure, está compuesto por los grupos ausentes
pero asociables al plano sintagmático. “Saussure lo vio
bajo la forma de una serie de campos asociativos, determinados los unos
por una afinidad de sonidos (enseñanza, templanza), los otros
por una afinidad de sentido (enseñanza, educación). Cada
campo es una reserva de ‘términos’ virtuales (ya
que uno solo entre ellos se actualiza en el discurso presente)”.
“La disposición interna de un campo asociativo es llamada
[…] una oposición […] la oposición está
situada siempre bajo el signo de ‘todo’ o ‘nada’:
encontramos aquí el principio de diferencia que funda las oposiciones“.
Para Saussure, en el caso de ‘masculino/femenino’, ‘masculino’
es el ‘grado cero’ de la oposición, una ausencia
que significa en su relación ‘con nada’: ‘femenino’.
IV.
denotación/connotación. “La significación
puede concebirse como un proceso; es el acto que une [en una relación
arbitraria pero heredada y colectiva] el significante y el significado”.
La significación coincide con la relación entre un plano
de la expresión y un plano del contenido,
en el que se distingue entre:
a) la denotación:
el mensaje literal, “la referencia inmediata que el código
asigna a un término en una cultura determinada”.
b)
la connotación: el segundo mensaje que ‘maquilla’
al primero.
La connotación “es la suma de todas las unidades culturales
que el significante puede evocar institucionalmente en la mente del
destinatario”.
La
teoría del texto
Texto
quiere decir tejido
Roland Barthes
En La Aventura Semiológica,
Roland Barthes sostiene que un relato (un mito, una leyenda, una fábula,
un cuento, una novela, una tragedia, un drama, un cómic, una
película de cine, una noticia periodística, una conversación)
se puede analizar desde una perspectiva estructural y desde una perspectiva
textual.
1. la perspectiva estructural.
Se trata de registrar una
estructura, ‘un artificio’, “un modelo construido
en virtud de operaciones simplificadoras que permiten uniformar fenómenos
diversos bajo un único punto de vista”
para satisfacer el placer del sentido, el placer de reconocer lo que
configura la inteligibilidad del relato.
En principio “se trata
de segmentar el mensaje ‘sin fin’” “en unidades
significantes mínimas”.
Esta segmentación sintagmática “proporciona las
unidades que hay que clasificar también en paradigmas”.
R. Jakobson en Ensayos de Lingüística General (1962),
aplica esta división entre sintagma y paradigma o sistema a lenguajes
no lingüísticos, como sería el cine, para defender
que si predomina el orden del sistema o paradigma (el sentido aparece
por la “oposición virtual entre dos elementos, de los cuales
sólo uno es actualizado”)
se producen discursos metafóricos (las películas de Charles
Chaplin: Himler/Hitler en El Gran Dictador) y si predominan las
asociaciones sintagmáticas (es decir “el agrupamiento extenso
de los signos”)
se producen discursos metonímicos (las películas de Griffith:
grandes planos, montaje y variación de los ángulos de
cámara).
El análisis estructural
del relato retoma la tradición de los formalistas rusos (poetas,
críticos literarios, lingüistas y folkloristas) que trabajaron
alrededor de los años 1920-1925 sobre las formas de la obra.
El grupo fue dispersado luego por el stalinismo cultural y renació
en el extranjero, principalmente por mediación del Círculo
Lingüístico de Praga.
Para
los formalistas rusos, el significado (el contenido) en un relato viene
dado a través de la forma (el significante) y, por tanto,
para acceder al contenido, al significado, es necesario realizar un
análisis de las estructuras significantes, de las formas, teniendo
en cuenta los códigos y las convenciones del medio. En su obra
“Morfología del cuento” (1928), Vladimir Propp realizó
un análisis de cientos de cuentos populares eslavos partiendo
de la base de que cada cuento compartía estructuras comunes (personajes,
acciones y encadenamiento de las acciones) con los otros cuentos. Este
crítico llegó a la conclusión de que la ruptura
del equilibrio inicial en el relato estaba siempre motivada o por ‘el
villano’ o por una ‘carencia’ que acaba con el status
quo (un rey quiere un marido para su hija, un niño se pierde
en el bosque). La tarea del cuento es restaurar el orden en el mundo
del relato, eliminando al villano o resolviendo la carencia. En el cuento,
señala Propp, la resolución se produce en una serie de
formas limitadas: el héroe vence al villano, el héroe
se casa con la princesa.
El análisis de los relatos “intenta establecer un ‘modelo
narrativo’, evidentemente formal, una estructura o una gramática
del relato, a partir de las cuales (una vez encontradas) cada relato
particular será analizado en términos de apartamientos”.
El
espíritu del formalismo ruso se prolonga, desde el punto de vista
metodológico, en el trabajo de:
-
el
antropólogo Lévi-Strauss quien, ‘desenganchando’
resueltamente las formas de los ‘contenidos’”,
extendió el trabajo de Vladimir Propp, “el folclorista”,
a los mitos.
-
el
lingüista Roman Jakobson que extendió el análisis
estructural hacia el estudio del mensaje poético o del mensaje
literario.
-
el
historiador T. Todorov que propone analizar el relato a partir de
dos niveles: ‘la historia’, “que comprende una
lógica de las acciones y una ‘sintaxis’ de los
personajes”, y ‘el discurso’ o la narración
“que comprende los tiempos, aspectos y modos del relato”.
Para
Roland Barthes en el análisis estructural del relato hay que
distinguir entre tres niveles:
-
la
narración (Todorov: nivel del discurso): se distingue entre
el autor (persona real) y el narrador (en el relato) pues se retoma
la noción psicoanalítica de que quien habla en el
relato (el narrador) no es el que escribe en la vida real (Otro
también dice) y que el que escribe no es el que es (la sujeta
que escribe = yo/Otro).
-
las
funciones (V. Propp): el sentido, que es “desde el inicio
el criterio de unidad”, viene dado por “el carácter
funcional de ciertos segmentos de la historia”. Un segmento
narrativo puede cumplir dos funciones: (1) ‘una función
cardinal’ o ‘bisagra’ que crea ‘unidad narrativa’:
la acción a la que se refiere abre, mantiene o cierra “una
alternativa consecuente para la continuación de la historia”,
en suma inaugura o resuelve una incertidumbre o (2) una función
de catálisis: el segmento narrativo llena “el espacio
narrativo que separa las funciones-bisagra” y “tiene
siempre alguna función discursiva: acelera, retarda, pone
en acción nuevamente el discurso, resume, anticipa, a veces
hasta despista”.
Se llama ‘secuencia’ a “un pequeño agrupamiento
de funciones” nombrables:
fraude, traición, lucha, contrato, seducción, etc.
-
las
acciones (Greimas: los personajes como actantes). “Propp redujo
los personajes a una tipología simple, fundada no sobre la
psicología sino sobre la unidad de las acciones que el relato
les imponía (donador del objeto mágico, auxiliar,
malvado, etc)”. A. J. Greimas propone “describir y clasificar
los personajes del relato no por lo que son, sino por lo que hacen
(de ahí su nombre de ‘actantes’)”. “El
mundo infinito de los personajes está sometido también
a una estructura paradigmática (sujeto/objeto, donador/destinatario,
auxiliar/opositor) proyectada a lo largo del relato; y como el actante
define una clase (por ejemplo ‘protagonista’), ésta
puede ser rellenada por actores diferentes, movilizados de acuerdo
con reglas de multiplicación [varios protagonistas simultáneamente],
sustitución [la posición de ‘protagonista’
es ocupada por un actor y luego por otro] y carencia [no hay lugar
para un protagonista]”.
Para Barthes, “las secuencias de acciones narrativas están
revestidas de una apariencia lógica que proviene únicamente
de lo ya-escrito; en una palabra, del estereotipo”.
2. la perspectiva textual.
El análisis textual
“está fundado sobre la lectura más que sobre
la estructura objetiva del texto, que incumbe más al análisis
estructural”.
El método del análisis
textual consiste en:
-
realizar
una segmentación narrativa.
-
adjudicar
connotaciones a cada segmento que puedan establecerse por ‘asociación’
o por ‘relaciones’.
-
desplegar
el texto: no se da ‘una explicación’ del relato
sino que se ofrece ‘una lectura’ “filmada a ‘cámara
lenta’”, “una ‘travesía’ del
texto” para mostrar no los puntos de llegada sino los ‘puntos
de partida’ de sentido, ya que “lo que hace el texto
es lo intertextual”.
Entender el relato como texto es entender el relato como un volumen,
una estereofonía,
un “proceso de significaciones en operación […]
que se observa no como un producto terminado, clausurado, sino como
una producción en plena elaboración, ‘ramificada’,
sobre otros textos, otros códigos (es la ‘intertextualidad’)”.
La
teoría del texto, basada en que el placer del texto suspende
“el valor significado”,
ha “afirmado el valor erótico y crítico de la práctica
textual”:
El
placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus
propias ideas – pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo.
El
placer no es un elemento del
texto […] es una deriva, algo que es a la vez revolucionario
y asocial y no puede ser asumido por ninguna colectividad, ninguna mentalidad
[…] el placer del texto es escandaloso no por inmoral sino porque
es atópico.
El
lugar del placer en una teoría del texto no es seguro. Simplemente
llega un día en que se siente la urgencia de descentrar un poco
la teoría.
Sobre la contra-semiótica
requeniana
El
comienzo de la palabra es un acto difícil; es la salida del silencio.
Comenzar
es cortar el infinito de manera arbitraria.
Roland
Barthes
Lacan
lo ha anotado: se habla siempre desde la falta
Jesús
González Requena
La crítica a “la
objetividad semiótica” de los científicos de la
cultura que lleva a cabo Jesús González Requena en “Texto
artístico, texto simbólico” (1991) tiene para mí
el sentido de un “retorno” a ‘Umberto Eco’
y a ‘Roland Barthes’ en tanto que estos textos teóricos
fundadores se resisten a la objetivización.
La idea que comparten los
semióticos de que “el signo vale […] por la función
que predica”
no es en realidad un postulado semiótico. Precisamente, al poner
de relieve que el significado de un término es una “unidad
cultural”
y que, como tal, no depende de la naturaleza del objeto al que hace
referencia sino que depende tanto de las funciones de dicho objeto como
de los contextos socio-culturales en los que aparece, el valor significante
de un signo “no se puede individualizar” por la función
del objeto sino “por medio del contexto y con el auxilio de la
circunstancia de comunicación”.
Umberto Eco, de hecho, no identifica el valor comunicativo del signo
con la función que predica: el valor comunicativo del signo radica
en “una utilidad social del objeto que no se identifica con la
‘función’ en sentido estricto”.
Entender la arquitectura “como acto de comunicación,
sin excluir su funcionalidad”
(el significado del ‘objeto arquitectónico’ –
puerta, escalera - es la función [pasar, entrar, pararse,
subir, salir, apoyarse, etc] que éste hace posible”)
no significa reducir el acto comunicativo a la función que predica
el signo ya que lo que Eco analiza es cómo “el código
arquitectónico genera un código icónico”
(a partir de “un sistema de expectativas y de hábitos
adquiridos”)
que, al convertir a los objetos arquitectónicos “en
formas significantes” nos permite adentrarnos en el análisis
de la forma arquitectónica no sólo como denotación
de una función sino también como denotación de
una ‘forma de habitar’ que “connota una ideología
global” y que, por ello, asume una función simbólica.
Al señalar la comunicación
artística como una de las fronteras de la semiótica,
Umberto Eco establece una distinción entre:
-
una semiótica
que se ocupa de la estética, que se interesa por lo que “el
punto de vista semiótico puede aportar a los problemas de
estética”.
-
una estética
semiótica, es decir, “una estética que quiere
ser un estudio del arte como proceso comunicativo”.
Entender que estudiar el arte como proceso comunicativo significa
reducir todo texto al “dispositivo comunicativo”
o silenciar lo Real con el lenguaje
es contrario al proyecto semiótico original ya que mientras
que Roland Barthes concibe lo Real como “lo irrepresentable”
que aviva el lenguaje y la escritura de la historia,
Umberto Eco indica que, aunque la experiencia esté siempre
“mediatizada por el recurso a unas unidades culturales dadas”,
la semiótica debe distinguir entre el mensaje cotidiano y
el artístico
y “debe considerar también dentro de su cuadro –
entre otros residuos – este Residuo Último”,
que es la Muerte.
En su dirección contra-semiótica,
“Texto artístico, texto simbólico” despliega
un trayecto que cruza la frontera de la comunicación para entrar
en el territorio de:
1. la incomunicación:
para el sujeto al/del Inconsciente por debajo de la comunicación,
“la incomunicación prosigue”.
Los signos (el automóvil que “me comunica el status social
de su propietario”, la indumentaria que “me dice con exactitud
la dosis de conformismo, o de excentricidad, de su portador”,
este aperitivo [whisky, pernod o vino blanco] que me comunica “el
estilo de vida de mi anfitrión”)
no son el reflejo objetivo o la expresión transparente de cierta
subjetividad individual o colectiva (“el sentido de un texto no
es el sentido de lo que dice, no es lo que alguien en él quiso
decir”)
sino que son los elementos de Otra trama que “formula, en el ámbito
del lenguaje, el desafío del encuentro con lo real”, el
desafío del encuentro “con lo rabiosamente singular de
la vivencia”
de un sujeto o de una sujeta que configura/es configurado/a por dicha
malla de signos.
2. “el porvenir de
la terapia psicoanalítica”: determinada representación
cinematográfica – ‘Eisenstein’ - permite al
analista no ya analizar el mensaje – ‘la revolución’
- sino hallar una representación reprimida inconsciente, que
facilita el vencimiento social de resistencias entre lo consciente y
lo inconsciente.
3. la estética freudiana:
el mensaje artístico no está determinado por cuestiones
formales o estéticas - ‘la artisticidad’ del mensaje
no reside en el ‘objeto’ - sino que “sólo está
determinado por su significación para nuestras vidas emocionales”.
En efecto, mientras que para
Eco el mensaje artístico es un sistema configurado con significantes
ambiguos que se caracteriza por el hecho de que “se propone a
sí mismo como objeto principal de atención”,
Jesús González Requena retoma la distinción que
establece Barthes entre ‘la obra (artística)’ y el
“texto artístico”, el cual:
No
es un producto estético, es una práctica significante;
no
es una estructura, es una estructuración;
no
es un objeto, es un trabajo y un juego;
no
es un conjunto de signos cerrados, dotado de un sentido que se trataría
de encontrar, es un volumen de huellas en trance de desplazamiento.
La
instancia del texto no es la significación, sino el significante,
en la acepción semiótica y psicoanalítica del término.
Ya que González Requena
concibe el “texto artístico” como un espacio matérico
de significación que “concita nuestra pasión”
(nos hace retornar a él, hablar de él, escribir sobre
él)
porque “comunica mal”
“lo indecible” de la experiencia subjetiva singular,
porque “lo incomunicable”,
lo que “no puede ser configurado como información susceptible
de objetivarse en mensaje y circular entre los agentes comunicativos”,
no obstante, es comunicado “justo allí donde no [se] entiende”,
justo en el malentendido (como dijo Theodor W. Adorno “los
malentendidos son el medio de comunicación de lo no comunicativo”),
justo en “la raja” que agrieta el “tejido semiótico
de la realidad”.
Esta raja, que nos
devuelve “la interrogación” del Inconsciente,
parece motorizar no sólo el eterno retorno al texto artístico
sino también el desplazamiento teórico desde
el juego semiótico hacia el trabajo psicoanalítico
de elaborar ‘una semiótica del sujeto hablante’,
del sujeto o de la sujeta que “sabe de un tiempo […] orientado
por la muerte” y que, “no debemos olvidarlo”, “tiene
cuerpo”
de hombre o de mujer.
© 2006, Eva Parrondo Coppel. Se permite la copia y la distribución
de este escrito en su totalidad a través de cualquier medio,
siempre y cuando su circulación sea sin ánimo de lucro,
se haga de forma literal y esta nota se mantenga
2006www.evaparrondo.com
|
|