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Friedrich
Nietzsche y Sigmund Freud: una subversión feminista.
A
Miguel
El
amor auténtico debería ser fundado sobre el reconocimiento
recíproco de dos libertades
Simone
de Beauvoir
Una
vez que “el espíritu industrial” ha obtenido la victoria,
una vez que es natural que ‘la mujer’ aspire “a
la independencia económica y jurídica de un dependiente
de comercio”
y que las ‘apasionadas defensoras’ de “los derechos
femeninos” y de “la igualdad” entre los sexos
han logrado penetrar en las instituciones políticas y sociales
europeas para que nosotras anhelemos depender del sistema institucional
multinacional mientras “se fantasea en todas partes, incluso bajo
disfraces científicos, con estados venideros de la sociedad en
los cuales desaparecerá ‘el carácter explotador’”
o la violencia,
me parece importante recordar que el fin del feminismo moderno, un movimiento
re-creado por mujeres y para las mujeres, no es moral (que ‘la
mujer’ = ‘la víctima’) ni paternalista (que
el Estado aporte ‘la solución’ a las mujeres)
sino político. El fin del feminismo es político precisamente
porque, para movilizar una “revolución cultural”
dentro del patriarcado
que vaya a favor de ‘la libertad de la mujer’ (‘la
mujer’ = ‘ser que cuenta con el poder de la reflexión,
de la auto-determinación y de la no cooperación, es decir,
que cuenta con la facultad de elegir la forma de sus acciones,
independientemente de las circunstancias exteriores’),
las feministas rojas se han ido ocupando de construir diversos
proyectos de carácter no sólo práctico (por ejemplo,
hacer existir a ‘la mujer’ como sujeta histórica)
sino también teórico (por ejemplo, hacer existir a ‘la
mujer’ como objeto histórico).
Habiendo
convertido a ‘la mujer’ - “un producto” social
y no “un reflejo de la realidad”
– en un objeto digno de ciencia-ficción, tanto Friedrich
Nietzsche, ese “defensor de la vida contra la moral” que
combatió la “estupidez casi masculina” de un movimiento
vengativo compuesto por “mujeres (y no sólo por
cretinos masculinos)”
que utiliza la lucha por ‘la emancipación y la soberanía
femenina’ para “rebajar el nivel general de la mujer”,
como Sigmund Freud, ese cartógrafo de la psique y maestro en
el arte de la interpretación que no dudó en criticar “la
coerción mental” a la que nos vemos sometidas las mujeres
por la educación (“les prohibe toda elaboración
intelectual de los problemas sexuales, los cuales les inspiran siempre
máxima curiosidad, y las atemoriza con la afirmación de
que tal curiosidad es poco femenina y denota una disposición
viciosa”)
pero que también nos hace ver que las feministas que proclaman
su igualdad al hombre (negando la percepción traumática
que supone la diferencia anatómica entre los sexos) comparten
con ‘el hombre’ o bien “el horror ante esa criatura
mutilada” o bien “el triunfante desprecio de la misma”,
pueden ser considerados como ‘los padres’ de una teoría
feminista crítica.
En una cultura pos(e)feminista
como la nuestra, caracterizada por la difusión propagandística
de que “el acto [hetero]sexual” es “una relación
[social y capitalista] de dominación”,
“el radicalismo de la teoría freudiana”
y ‘el extremismo’ de esa filosofía intempestiva que
parte de una “concepción puramente artística, anticristiana”
de la vida (pues considera inmoral “todo desprecio de la vida
sexual”),
reside en hacer de la diferencia entre los sexos un “problema
radical” del que “un pensador no puede aprender nada nuevo,
sino sólo aprender hasta el final – sólo descubrir
hasta el final lo que acerca de esto ‘está fijo’”.
Y lo que está fijo, sigo parafraseando a este filósofo
experimental que “investiga los aspectos de la existencia”,
es un antagonismo “duro, pavoroso, enigmático e inmoral”
que “ningún contrato social, ni aun la mejor buena voluntad
de justicia” puede borrar; a saber: que en el acto del amor heterosexual
“la mujer se da, el hombre toma”.
Por ello, negar que “en el problema básico ‘varón
y mujer’ […] se da el antagonismo más abismal y
la necesidad de una tensión eternamente hostil” - “hostilidad
que nunca falta por completo en las relaciones entre los dos sexos y
de la cual hallamos claras pruebas en las aspiraciones y las producciones
literarias de las ‘emancipadas’”
- “constituye un signo típico de superficialidad”.
Considerando que “la mujer es, tomada por el
hombre”
entendemos, por un lado, que Nietzsche concibiese a “la mujer
en sí” o a ‘la mujer existente en la mujer’
como una profundidad enmascarada
y que Freud señalase que, “desde la peculiaridad del psicoanálisis”,
una “psicología abismal” o saber de “lo anímico
inconsciente”
que encuentra uno de sus límites en el hecho Real de la diferencia
anatómica entre los sexos, ‘la feminidad’ no trata
de “describir lo que es la mujer – cosa que sería
para nuestra ciencia una labor casi impracticable”
sino nombrar una interrogación: ¿cómo es
que a partir de una prehistoria libidinal polimórficamente perversa
común a ambos sexos
y de la disposición bisexual, “surge la mujer”,
es decir, una “sujeta” oriental
que “quiere ser tomada, aceptada como posesión, fundirse
en el concepto de ‘posesión’, ‘poseída’”
y que “en consecuencia, quiere a uno que toma, que no se
da y entrega a sí mismo”?.
Es alrededor no de
‘la mujer’ sino de este interrogante sobre ‘la feminidad
en la mujer’ que Sigmund Freud, que se privó a
propósito “del alto placer de leer a Nietzsche para
evitar toda idea preconcebida en la elaboración de las impresiones
psicoanalíticas” y que estaba dispuesto “gustosamente
a renunciar a toda prioridad en aquellos frecuentes casos en los que
la trabajosa investigación psicoanalítica no puede hacer
más que confirmar la visión intuitiva del filósofo”,
localiza o bien “un problema” del que Ruth Mack Brunswick
(1928), Jeanne Lampl-de-Groot (1927) y Helene Deutsch (1932) comenzaron
a ocuparse en la década de los años 20 del siglo pasado
desarrollando una excelente “labor analítica de detalle”
o bien “un enigma” que merece nuestro interés “como
ningún otro”,
ya que la solución al hecho de que, “con el descubrimiento
de su castración”, algunas mujeres en vez de “elegir”
‘la inhibición sexual’ (neurosis) o ‘la masculinidad’
(la mujer necesita amar a un hombre/una mujer), eligen capitanear el
“viraje hacia la feminidad”,
tercer camino en el que es “más imperiosa necesidad ser
amada que amar”
y que, encontró Freud, caracteriza ‘la vida sexual’
de la mujer ‘normal’,
un territorio que para la Ciencia Médica y la Psicología,
todavía hoy, sigue siendo un “dark continent”
- ¿cómo es que, a pesar del deseo “‘par
excellence’ femenino” (el deseo del pene [hijo]),
surge en no todas las mujeres “el deseo de lograr el amor de un
hombre”
¡teniendo el amor su origen en la satisfacción de las pulsiones
y siendo, por tanto, como ya revelara el filósofo de “atrevidas
ideas”,
algo eternamente ‘inmoral’”!?
- “no podrá venir antes que hayamos averiguado como nació,
en general, la diferenciación de los seres animados en dos sexos”.
La diferencia que nombra ‘la feminidad’ es enigmática
porque no es ni una diferencia anatómica (‘la feminidad’
es, como ‘la masculinidad’, una construcción teórica
de “contenido incierto”);
ni una diferencia impuesta por la realidad social (‘mujer = ser
pasivo = pasividad’), ya que “puede ser necesaria una gran
actividad para conseguir un fin pasivo” y, como podemos observar
a nuestro alrededor, “las mujeres pueden desplegar grandes actividades
en muy varias direcciones y los hombres no pueden convivir con sus semejantes
si no es desplegando una cantidad considerable de adaptabilidad pasiva”;
ni una diferencia “de orden psicológico” (‘fin
pasivo = femenino’) porque entonces: (1) sería femenino
un hombre que integrara “preferencia de fines pasivos”
y masculina una mujer que integrara preferencia de fines activos,
cuando, subraya Freud, “todo ser humano presenta, en efecto, una
mezcla”,
según la disposición bisexual y (2) estaríamos
conceptualizando ‘la feminidad’ como un contenido del
“carácter femenino medio” (por ejemplo, la escasez
del “don de la sublimación” en las mujeres, “la
indudable inferioridad intelectual de tantas mujeres” que “ha
de atribuirse a la coerción mental necesaria para la coerción
sexual”)
mientras que, para Freud, esta observada asimetría entre los
sexos, de la que nos pide que “no nos dejemos apartar […]
por las réplicas de los feministas de ambos sexos” que
están “afanosos de imponernos la equiparación y
la equivalencia absoluta de los dos sexos”, no está asociada
a ‘la feminidad’, ya que “la mayoría de los
hombres quedan muy atrás del ideal masculino” sin ser por
ello femeninos.
La diferencia que nombra ‘la feminidad’, la diferencia que
nombra ‘lo eterno femenino’ (en palabras de ese “auténtico
amigo” de la mujer que era Nietzsche)
es de orden sexual, es decir, que ‘la feminidad’ nombra
el retorno de ese acontecimiento traumático en el que una mujer
‘llega a ser la que es’ pero no porque ella ‘se desnude’
(según Nietzsche es “el adornarse” no el desnudarse
lo que “forma parte de lo eternamente femenino”),
ni porque alcance saber cómo unir “lo inconciliable:
ser, al mismo tiempo, un ser humano libre, una personalidad particular
y una mujer que ama”
sino porque en un encuentro entre el futuro y el pasado, en el pozo
de la eternidad, ella ‘ahueca’ el tiempo desde dentro y,
por decirlo de alguna manera, “se viste con sus propias sombras”
para, con ese “gran arte” que “es la mentira”
y con esa “máxima preocupación” que son para
ella “la apariencia y la belleza”,
hechizar y liberarse, así, a través de “lo
actuante y lo viviente mismo”,
de esa economía fatal que nos empuja hacia un Amado que
acude, al baile de cortejo enmascarado, sin “el látigo”
y sin práctica en el tango.
© 2006, Eva Parrondo Coppel. Se permite la copia y la distribución
de este escrito en su totalidad a través de cualquier medio,
siempre y cuando su circulación sea sin ánimo de lucro,
se haga de forma literal y esta nota se mantenga
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