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Mujer
y Libertad.
A
Marina ,
por su sentido de la amistad
Toda
libertad es consecuencia de la bravura.
Friedrich Nietzsche
Decir que ‘la
mujer es libre’ – hipótesis de partida de Simone
de Beauvoir - no es lo mismo que decir ‘las mujeres somos libres’.
La primera definición
que da el Diccionario Anaya de la Lengua de ‘libertad’ (“la
facultad humana” de decidir de qué forma actuar, “sin
determinaciones exteriores”) pone el énfasis en la estrecha
relación entre ‘lo humano’ y ‘la acción
autodeterminada’. El ser humano es humano en la medida en que,
como cuenta con el poder de la reflexión, de la auto-determinación
y de la no cooperación, cuenta con la facultad de elegir la
forma de su acción, independientemente de las circunstancias
exteriores.
Ahora bien, desde Freud
sabemos que la idea de que el ser humano es libre en su hacer-decir
es una ilusión, una creencia que “aparece en abierta contradicción
con la realidad”
del Inconsciente, con la realidad cultural de esa “Otra escena”,
propiedad universal y colectiva de la humanidad,
que nos sujeta y determina. La realidad del Inconsciente, en efecto,
frustra nuestra fantasía narcisista de que podemos “hacer
entender, con palabras, gestos u obras de arte, lo que sentimos, pensamos
o queremos”: ello habla y siempre dice otra cosa a parte
de lo que ella quería decir.
Es por ello que para
acariciar la creencia feminista de que ‘la mujer es libre’,
de que podemos decidir no ya qué hacer-decir sino cómo
hacerlo-decirlo, las mujeres tenemos que prescindir “de toda garantía
real”.
Que tengamos que prescindir de la esperanza utópica de que la
realidad pueda llegar alguna vez a garantizarnos nuestro ser-libres
no quiere decir que esta ilusión (las mujeres contamos con la
libertad de elegir la forma de nuestro decir-hacer) sea “falsa”,
es decir, “irrealizable o contraria a la realidad”. De hecho,
“no tiene nada de imposible” y ahora mismo, en la medida
en que elijo esta forma que me ha tocado de decir lo que diga
sobre la libertad de las mujeres, se está cumpliendo realmente.
La ilusión
política de que las mujeres somos libres para elegir nuestra
forma de decir-hacer, aunque no es verdadera, tampoco “se opone
a la verdad” pues, como toda ilusión, la libertad no es
un objeto real (falso/verdadero) sino que es una ficción cultural
(una mentira emocionalmente satisfactoria que cumple la función
social de vincularnos con el Otro). Por
un lado, la ilusión de que las mujeres somos libres no implica
que tengamos “un objeto [libertad] en el lugar de la falta de
objeto”, sino que implica que apreciamos ”‘algo’
[una facultad incierta: soy libre para elegir mi forma de decir-hacer]
en lugar de ‘nada’”.
Por otro lado, en la medida en que esta ilusión nos conduce fuera
de nosotras mismas hacia la verificación (o no) de estas convicciones
libertarias en la realidad, no se trata de una creencia irracional
sino de una creencia orientada por una razón que se apoya en
la experiencia de que “sin riesgo, sin la inminente posibilidad
de error, no hay objetivamente verdad”.
Aunque las mujeres
no seamos Realmente libres (como tampoco lo son los hombres), como feministas
no debemos renunciar a la idea de que una mujer es, por definición
política, una ‘sujeta libre’. Pues el sacrificio
de esta ilusión no sólo apoya el delirio de que
las mujeres son, de forma universal y eterna, ‘el objeto’
de la opresión y de la represión cultural
sino que también refuerza la orientación del capitalismo
hacia una configuración social multinacional basada en “el
masoquismo moral” (cuando una mujer o un hombre adapta la totalidad
de su vida a una norma desexualizada de conducta pasiva).
Pero, lo peor es que “la pérdida de una ilusión
no crea ninguna verdad, sino sólo ‘un poco más de
ignorancia’, una amplificación de nuestro ‘espacio
vacío’, un ensanche de nuestro ‘desierto’”
.
© 2006, Eva Parrondo Coppel. Se permite la copia y la distribución
de este escrito en su totalidad a través de cualquier medio,
siempre y cuando su circulación sea sin ánimo de lucro,
se haga de forma literal y esta nota se mantenga
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