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Las
mujeres documentalistas: el caso de Leni Riefenstahl (1902-2004)
Teoría del cine. Política.
Conferencia de clausura del ciclo “Mujeres en el Cine”,
organizado por el Cine-Club Mariana de Talavera de la Reina, 23 de enero
del 2004. Versión corregida a posteriori.
A Adriana Daniels
Buenas tardes: Es para mi un placer estar aquí, por invitación
de Mari Angeles García Mayoral del Cineclub Mariana, para hablarles
de una de las mujeres más apasionantes de la historia del cine
y para hablarles también de sus películas, especialmente
de su documental sobre el Congreso del partido nazional-socialista,
celebrado en la ciudad de Nuremberg en 1934, “El Triunfo de la
Voluntad”. A pesar de que sabía que para esta admirada
mujer del cine alemán “todo el asunto” del partido
le era “extraño” (Memorias, p. 152), el führer
se empeñó personalmente en que Leni Riefenstahl realizase
un “film artístico” sobre la Convención nazi,
película que se estrenaría en el Palacio de la UFA el
28 de marzo de 1935. 1. Durante su larga y no menos intrépida
y poco convencional vida, Leni Riefenstahl, esa mujer con “mirada
de plata” como la definían los cámaras que registraban
en el celuloide su subyugante rostro (Memorias, p. 13), demostró
un talento poco común tanto para el deporte como para las artes,
dos universos que, en su vida, estuvieron estrechamente vinculados.
Desde muy joven, y como ella misma nos relata en sus memorias, Leni
demostró contar con una vitalidad desbordante. Se caracterizaba
ya entonces por una ‘muy poco femenina’ curiosidad por saber
(Memorias, p. 14). Se caracterizaba también por un inusitado
interés por desarrollar actividades deportivas – la gimnasia,
el patinaje, el alpinismo, el tennis, el ski, el salto de altura, la
equitación – así como por un talante soñador
y creativo que tomaba forma temprana tanto en los exitosos juegos infantiles
que se inventaba (“casi siempre era yo la jefa”, nos dice
en sus memorias, p. 17) como en las disciplinas artísticas que
practicó, un poco a disgusto pero no con malos resultados, durante
su infancia y adolescencia: el piano y la pintura.
Fue la danza, sin embargo, lo que capturó la pasión de
la muchacha. Con 16 años, y a escondidas de su temperamental
padre, entró en la escuela de baile Grimm-Reiter. Desde los 21
años, con la danza, la joven Leni, no sólo cosechó
grandes éxitos tanto en Alemania, su país, como en el
extranjero (dio más de 70 recitales) sino que también
desarrolló su sentido particular del movimiento. La danza, le
permitió comprender, a través de su atlético cuerpo,
todo aquello relacionado con la flexibilidad, el ritmo, la tensión.
Sus obligadas lecciones de piano y las clases de pintura (que tomó
para agradar a su padre), no hicieron sino enriquecer el profundo sentido
de la armonía de la joven, sentido personal luego patente en
las bandas sonoras, en las composiciones de los planos de sus películas
y, no menos, en su futurista concepción gráfica-rítmica
del montaje cinematográfico.
El destino quiso que Leni Riefenstahl abandonase su prometedora carrera
como bailarina – debido a una lesión en la rodilla –
y se aventurase a entrar en el emergente mundo del cine alemán
del período de entreguerras. Lo hizo de la mano de Arnold Fanck,
creador del llamado género de montaña. En 1926, cuando
Leni Riefenstahl tenía 24 años, Fanck le ofreció
el papel de la protagonista femenina de “El Monte Sagrado”,
a la que seguirían “El gran salto” (1927), “Prisioneros
de la montaña” (co-dirigida con Pabst, por intervención
de Riefenstahl, en 1929), “Tempestad en el Montblanc” (1930),
“Borrachera de Nieve” (1931) y “S.O.S. Iceberg”
(1933). Iniciando su carrera cinematográfica como una actriz
capaz de hacerle sombra a Marlene Dietrich, y contando con Fanck como
maestro, pronto se dedicó también a la producción,
el guión y la dirección.
En 1932, con 30 años, produjo (con su propia compañía
cinematográfica), escribió (con la colaboración
de Bela Balász), interpretó y dirigió (por no tener
dinero para pagar el trabajo de un director) “La Luz Azul”.
Tras el éxito de público y de crítica que obtuvo
“esta leyenda cinematográfica” (Memorias, p. 15)
– la película se proyectó 14 meses en París
y 15 meses en Londres -, tras ser galardonada con la Medalla de Plata
en la Primera Bienal de Venecia, y tras recibir telegramas de felicitación
de Douglas Fairbanks y de Charles Chaplin, Leni Riefenstahl aceptó
los dos “documentales de encargo” que le hicieron, primero,
Adolf Hitler (“El Triunfó de la Voluntad”, 1935)
y, un año más tarde, el Comité Olímpico
Internacional (“Olimpiada” y “Juventud Olímpica”,
1936), prolongado documental sobre los XI Juegos Olímpicos de
Berlín en el que la directora intentó “expresar
la idea olímpica” (Memorias, p. 162).
En 1940 inició el rodaje de una película en la que trabajaba
desde 1934, “Tierra Baja” que no terminaría hasta
1954, tras años de prohibición del ejercicio de su actividad
profesional en Alemania y por extensión tácita en el resto
de Europa y los EEUU, a pesar de que las acusaciones políticas
que a lo largo de los años fueron recayeron sobre ella resultaron
ser siempre desestimadas por los tribunales de justicia. Por ello, y
lamentablemente, la mayoría de sus proyectos, por ejemplo, su
“Pentesilea” según Kleist y su “Frederic y
Voltaire” para el que contó con el apoyo de Jean Cocteau,
así como sus documentales submarinos o sobre el pueblo nouba
del alto Sudán, no pudieron realizarse jamás. 2. Los documentales
realizados por encargo, “El Triunfo de la Voluntad” y “Olimpiada”
suponen, sin duda, una valiosa contribución a la cultura occidental.
Estos documentales constituyen un gran legado tanto por sus originales
innovaciones técnicas como por sus ampliamente reconocidas soluciones
formales y estéticas vanguardistas.
No obstante, los documentales de Leni Riefenstahl, y en especial “El
Triunfo de la Voluntad”, nos siguen provocando cierto, podríamos
decir, ‘pudor cultural’, pues se trata de documentales que
están muy próximos a Adolf Hitler y, por tanto, también
al Holocausto. Creo que es por ello, por su proximidad al exterminio
masivo y estatal-policialmente organizado de seres humanos por ser ‘judíos’,
‘gitanos’, ‘homosexuales’ o ‘deficientes
mentales’, que nos puede estremecer o incluso que nos puede llegar
a provocar cierto sentimiento de lo siniestro, ver una de estas películas.
Es por ello, sin embargo, por este sentimiento incómodo y ambiguo,
que la obra cinematográfica de Leni Riefenstahl se nos presenta
hoy no sólo como pieza clave del cine occidental del siglo XX
sino también como parte de la historia del pasado siglo, pues
de algún modo su cine viene a encarnar de forma radical el interrogante
que nos plantean los “Tiempos Modernos” (Charles Chaplin,
EEUU, 1936): a saber, ¿qué relación podemos establecer
entre el arte, incluyendo el cinematográfico, y la política?.
¿Se puede realmente establecer una conexión directa entre
‘la forma documental’ de la película “El Triunfo
de la Voluntad” y ‘un sentido político único’?
¿Se trata “El Triunfo de la Voluntad” realmente de
una película de propaganda nazi? No lo creo. Para empezar es
importante distinguir aquí entre una película documental
y una película de propaganda, pues aunque el cine de propaganda-informativo
se sirva de la forma documental, no por ello toda forma documental es
propagandística.
Podríamos decir que mientras que una película de propaganda
se caracteriza por ser una película que registra y difunde una
opinión, una idea o una doctrina bien mediante la persuasión
(en un régimen democrático) o bien mediante la manipulación
de la realidad (en un régimen totalitario) (véase Emeterio
Diez Puertas, El montaje del franquismo. La política cinematográfica
de las fuerzas sublevadas), una película documental reproduce
el movimiento de lo Real fotográfico para “hacer aparecer
un mayor grado de realidad sobre la pantalla” (André Bazin,
1948, “El Realismo cinematográfico y la Escuela Italiana
de Liberación”, p. 299). Para responder, en parte, a la
pregunta “¿qué es un documental?” podemos
remitirnos a los orígenes del cine. El 28 de Marzo de 1895, los
hermanos Lumière organizaron la proyección de varias películas
cortas en el sótano del Grand Café del Boulevard des Capucines
de París. Incluyeron “El regador regado”, considerada
como la primera comedia, y “Llegada de un tren a la estación”,
cortometraje que tomo como ejemplo originario de la forma documental,
por tres motivos:
(1) la película “Llegada de un tren a la estación”
reproduce técnicamente una huella fotográfica del ‘movimiento’
de una ‘situación temporal’: es decir, reproduce
el movimiento de la aproximación de un tren, reproduce el remolino
del vapor de la máquina, reproduce el movimiento de los que esperan
inquietos en la estación y también reproduce el movimiento
de las caóticas idas y venidas de los viajeros.
(2) “Llegada de un tren a la estación” reproduce
técnicamente una huella fotográfica de ‘los tiempos
del tren’. Es decir, que el corto documenta sobre ‘la situación
histórica’ en la que la llegada de un tren a la estación
era una ‘situación memorable’, esto es, una situación
que merecía no sólo ser pintada (como se habían
encargaron de hacer los pintores impresionistas veinte años antes,
por ejemplo Monet) sino también ser reproducida fotográficamente
en su movimiento.
(3) “Llegada de un tren a la estación” mira ‘el
movimiento de la situación’ desde determinado punto de
vista: al colocar la cámara fija en determinada posición
para enfatizar la visión del movimiento, los Lumière inauguran
‘la mirada cinematográfica documental’. CLIP del
corto de los Lumière (aportado por Luis Alonso). En su origen,
el cine documental se caracteriza por ofrecer determinado punto de vista
para la reproducción y mostración del movimiento (los
pioneros del cine documentan carreras de caballos, corridas de toros,
etc) de una ‘situación memorable’ que, a posteriori,
se torna ‘documento histórico’. Todo ello hace del
documental una ‘forma cinematográfica’ que, como
otra forma de representación cualquiera, no refleja y/o expresa
determinado contenido o significado existente en la realidad que documenta
sino que ‘crea un universo’ que, por un lado es independiente
de la realidad (como indicaría el marco de la pantalla cinematográfica)
y que, por otro lado, interviene en la realidad. Un documental interviene
en la realidad porque, a partir de las composiciones de los planos,
de la iluminación, del movimiento de las figuras, de los escenarios,
de la posición de la cámara [frontal, picada, contrapicada],
de la banda sonora y, por supuesto, también a partir del montaje,
supone un punto de vista particular que “crea el panorama”
de la realidad (José Ortega y Gasset, La deshumanización
del arte, p. 68).
El historiador y teórico del cine Siegfried Kracauer, en su libro
de 1947 De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine
alemán, defiende que el hecho de que “los preparativos
para la Convención del Partido se hicieron en correlación
con los del trabajo de filmación”, como cuenta Riefenstahl
en su libro sobre “El Triunfo de la Voluntad” (citada por
Kracauer, p. 284), demuestra que se trata de una película de
propaganda ya que “los nazis habían preparado cuidadosamente
el terreno” para la “metamorfosis” de la realidad.
Señala este autor que “se hicieron grandiosos arreglos
arquitectónicos para circundar los movimientos de masas, y bajo
la supervisión personal de Hitler se habían diseñado
los planes precisos para las marchas y desfiles mucho antes del acontecimiento.
Así, la Convención pudo evolucionar literalmente en un
espacio y en un tiempo propios. Gracias al perfecto manejo se convirtió
no en una demostración espontánea sino en una gigantesca
extravagancia en la que nada se había dejado a la improvisación.
[…] En Nuremberg, por lo tanto, se tomaron las medidas necesarias
para influir sobre las potencias psíquicas y psicológicas
de todos los participantes. Durante toda la Convención, las masas,
ya abiertas a la sugestión, eran llevadas por un continuo y bien
organizado movimiento que no podía sino dominarlas. Significativamente,
Hitler pasó revista al desfile completo de cinco horas, de pie
desde su automóvil, en lugar de hacerlo desde un tablado fijo.
Símbolos elegidos por su poder estimulante ayudaban a la total
movilización: la ciudad era un mar de ondulantes banderas svásticas.
Las llamas de fuegos artificiales y antorchas iluminaban la noche, las
calles y plazas servían de eco ininterrumpido al ritmo excitante
de la música de marchas” (Kracauer, p. 283).
Ahora bien, el hecho de que ‘la situación temporal-histórica’
registrada por las múltiples cámaras de Leni Riefenstahl
no fuera ‘real’ sino ‘un decorado de cine’,
‘una realidad fingida’, no supone necesariamente que “El
Triunfo de la Voluntad” sea “un espectacular film de propaganda”,
como razona Kracauer, ya que precisamente puede defenderse que la película
de Riefenstahl al documentar ‘una realidad fingida’ hace
aparecer un mayor grado de realidad sobre la pantalla.
La preocupación de Riefenstahl por la cuestión formal,
por lo que John Grierson, documentalista de la Escuela Británica,
resume como “tratamiento creativo de la realidad” (Gubern,
Historia del Cine, p. 245) a través de la preocupación
por “la consideración de un material sólido”
y “la consideración sólida de todo material”
(“Postulados del documental”, en Textos y Manifiestos del
Cine) confirma la concepción de la película como un documental
(artístico):
- el rodaje de las escenas se realizaron en vivo, sin actores, y con
un equipo de 170 personas (incluyendo 20 operadores de cámara).
El rodaje fue pensado y planificado por y para el movimiento en el interior
de los planos.
- el montaje, que realizó con la ayuda de las mujeres de la sala
de montaje de los estudios UFA (Memorias, p. 155), le permitió
a Riefenstahl “poder configurar cinematográficamente hechos
reales” (Memorias, p. 154), esto es, dar su punto de vista particular
sobre los hechos documentados realizando así el trabajo creativo-interpretativo
que caracteriza todo documental: de los 13.000 metros de material, Riefenstahl
utilizó 3.000 metros para la copia definitiva. Señala
la directora: “La configuración de un documental no se
logra hasta que se trabaja en el montaje. ¿Qué quiere
decir configuración? Primeramente hay que determinar la estructura
arquitectónica: con qué comienza la película, cómo
termina, dónde se encuentran los puntos culminantes, dónde
los momentos de máxima tensión y los hechos menos dramáticos.
También es decisiva la longitud de las imágenes pues determina
el ritmo de la película. Y es importante la manera en que un
movimiento cede el paso a otro, intuitivamente, como en el proceso de
la composición musical” (Memorias, p. 195).
- la sincronización de sonido, para la que tuvo que dirigir personalmente
una orquesta de 80 hombres, requirió ajustar el ritmo de la música
a las diferentes velocidades de los planos (las cámaras eran
todavía de manivela) y así también realizar un
trabajo creativo en lo que respecta a la relación entre imagen
y sonido. El hecho de que el documental artístico de Riefenstahl
- que obtuvo no sólo la Medalla de Oro en la Bienal de Venecia
sino también la Medalla de Oro a la mejor película documental
en la Exposición Internacional de París de 1937 - se distribuya
y proyecte como un documental ‘auténtico’, y que
esta distribución-proyección propagandística perdure
hasta nuestros días (pues las imágenes de esta película
se utilizan constantemente como si fuesen “imágenes de
archivo”), hace que esta película no sólo documente
‘el movimiento de los nazis’ (los picnics colectivos, los
desfiles militares, los discursos sobre la producción industrial,
sobre la unidad de la nación y sobre la obediencia) o el momento
histórico del “montaje nazi” (1934) sino también
que documente sobre ‘el éxito de los nazis’, pues
fueron estos (y no la directora) los que ‘edificaron’ “con
la vida real del pueblo” (los ciudadanos de Nuremberg) un “decorado
para una película que debía luego asumir el carácter
de un documental auténtico” (Kracauer, p. 284, énfasis
mío). Podemos decir, por tanto, que el propio Kracauer, en contra
de su voluntad, demuestra que “El Triunfo de la Voluntad”,
más que un film que propaga la doctrina de los nazis, es un film
que documenta cómo los nazis construyen sobre un pueblo una realidad
falsa, un delirio de omnipotencia nacional, para a partir de esta realidad
fingida - la directora comenzó con ‘un mar de nubes’
“del que emergían las torres de la ciudad de Nuremberg”
(Memorias, p. 157) y la llegada en avión, la llegada desde los
cielos, del führer - proyectar un falso documental. 3. A pesar
de la inusual fuerza formal y estética de este documental así
como de “Olimpiada” (que también logra sacar a la
luz la insignificancia del significado) y de sus otros filmes, quisiera
defender aquí la importancia histórica de “El Triunfo
de la Voluntad” no “en lo sacral”, “en el halo
de lo bello”, sino en el ángulo de mirada política
que genera en la actualidad.
En la actualidad, ‘este documental falso’ tiene el mérito
“de apoyar una crítica revolucionaria de las concepciones
que hemos heredado” sobre la relación entre el arte cinematográfico
y la política. Pues si bien, como expone el filósofo Walter
Benjamin en su artículo de 1936, en la era de la reproducción
técnica – con la emergencia de la fotografía y del
cine -, la obra de arte pierde su fundamento en una praxis ritual-religiosa
para ganar su fundamento en una praxis política, transformándose
así su función social: la obra de arte, ya sea como “centro
de escándalo” (vanguardias comunistas como el dadaísmo
y el surrealismo) o como “espectáculo bélico”
(como es el caso del futurismo, la vanguardia fascista), se concibe
como un arma política contra la burguesía decimonónica;
en el contexto vanguardista, ¿qué praxis política
fundamenta el trabajo de una documentalista sin-manifiesto como Riefenstahl
que entendía el documental no como crónica activa y crítica
(como por ejemplo lo estaban haciendo los documentalistas soviéticos
del momento [véase Medvedkin en Textos y Manifiestos del Cine])
sino como una forma artística, lugar de ‘lo insólito’
y de ‘lo maravilloso’, y que entendía el montaje
cinematográfico como ‘una operación de magia’
(Memorias, p. 93)?
A mi juicio, la obra de Riefenstahl se fundamenta en una praxis política
doble: por un lado, una resistencia personal-política a que las
obras del arte cinematográfico, suyas o de otros, se tornasen
objetos públicos de especulación y propaganda y/o fuesen
deliberadamente convertidas en mercancía y/o fuesen destruidas.
Por otro lado, la obra de Leni Riefenstahl se fundamenta en el máximo
respeto personal-político al espectador. Fue para que “El
Triunfo de la Voluntad” “no aburriese a los espectadores”
(Memorias, p. 153) que la directora hizo “que se filmasen los
acontecimientos documentales [‘los discursos, los desfiles y otros
actos semejantes’] de la manera más polifacética
posible” y “de un modo no estático, sino dinámico”
utilizando, por ejemplo, cámaras sobre ruedas como las que había
utilizado Abel Gance en “Napoleón” (1927) (p. 153).
Hoy, este falso documental sobre los nazis puede ser visto no ya como
si su forma documental estableciese una conexión causa-efecto
objetiva con la praxis nazi sino como si su forma documental lanzase
un “proyectil democrático” hacia el futuro. Pues
“El Triunfo de la Voluntad”:
- documenta que en la era de la reproducción técnica se
produce una democratización en la producción, ya que,
por ejemplo, las mujeres tienen también la posibilidad de desarrollar
su “competencia artística”.
- documenta sobre el hecho de que “el montaje de los nazis”
parte “del movimiento” (omnipotente-divino e hipnótico-onírico)
de determinada “situación temporal-espacial” (la
llegada del avión de Adolf Hitler a “la expresionista”
ciudad de Nuremberg).
- documenta sobre “la situación histórica”:
el montaje mass-mediático de un régimen totalitario pre-genocida,
caracterizado por la presencia de un ‘Gran Director-Dictador’
y ‘sus estrellas’ (Dietrich, Goebbels, Rosenberg, etc).
- para concluir, desde la perspectiva de la exhibición-recepción,
podemos decir que “El Triunfo de la Voluntad” documenta
sobre “nuestra situación histórica” democrática
pues no sólo han crecido “las posibilidades de exhibición”
de esta obra del arte cinematográfico (gracias al vídeo)
sino que también, y en relación con la posibilidad democrática
de exhibición -recepción - han crecido las posibilidades
de que este documental pierda su ‘valor ritual’ (“El
Triunfo de la Voluntad” como objeto de propaganda fascista y,
por tanto, como film censurable) para ganarse un nuevo ‘valor
cultural’: “El Triunfo de la Voluntad” como un texto
artístico que cada espectador y cada espectadora debe tener la
oportunidad de interpretar libremente.
© 2004, Eva Parrondo Coppel. Se permite la copia y la distribución
de este escrito en su totalidad a través de cualquier medio,
siempre y cuando su circulación sea sin ánimo de lucro,
se haga de forma literal y esta nota se mantenga
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